No sé bien en qué lugar colocar las palabras.
Quizá las deje asomar poco a poco, mientras se deslizan por mi tráquea, se abran paso, deshaciendo todos esos nudos que encontrarán por el camino.
Tal vez, si las dejo huir, se escapen disparadas como proyectiles a gran velocidad y ellas solas encuentren el sentido.
Tampoco sé en qué lugar lanzar mi silencio.
Ese que se agarró fuerte en mis cuerdas vocales.
Me ahoga un grito y solo deja escapar un gemido que, a menudo, se atraganta y baja hasta mi caja torácica.