La mochila

Llevo tiempo cargando una mochila que casi nadie ve.
Dentro llevo culpa por las cosas que hice, por las que no hice y por otras que, tal vez, nunca estuvieron en mis manos. Llevo miedo: miedo a equivocarme, a decepcionar, a que vuelvan a hacerme daño, a no estar a la altura.
Llevo vergüenza por momentos de mi pasado que todavía aparecen en mi cabeza como si siguieran ocurriendo hoy.
También llevo tristeza. Una tristeza que muchas veces he escondido detrás de una sonrisa, de un «estoy bien», de hacer como si nada pasara y seguir adelante sin detenerme demasiado a mirar lo que llevo dentro.
Llevo rabia por lo que permití, por lo que me hicieron y por todas esas veces en las que no supe defenderme, decir que no o poner los límites que necesitaba.
Llevo inseguridades que me hacen cuestionarme constantemente si soy suficiente, si merezco que me quieran, si estoy haciendo las cosas bien.
Y llevo cansancio. Cansancio de cargar con todo esto durante tanto tiempo y de sentir que tengo que poder con ello yo sola.
A veces quisiera abrir esa mochila y dejarlo todo en el suelo. Sacar cada emoción, cada recuerdo, cada herida y mirarlos de frente. Decirme que no tengo que seguir castigándome eternamente por haber sido una persona que simplemente estaba intentando sobrevivir, aprender y seguir adelante con las herramientas que tenía en aquel momento.
No puedo deshacerme de todo de golpe. Pero puedo empezar a sacar cosas de esa mochila.
Puedo reconocer mi culpa sin dejar que me defina. Puedo sentir miedo sin permitir que decida por mí. Puedo mirar mi vergüenza con más compasión. Puedo aceptar que hubo cosas que hice mal y, al mismo tiempo, entender que equivocarme no me convierte en una mala persona.
Puedo perdonarme por no haber sabido hacerlo mejor cuando todavía no sabía cómo.
Esta mochila forma parte de mi historia, pero no tiene por qué convertirse en mi identidad.
Y tal vez sanar no consista en olvidar todo lo que llevo dentro, sino en aprender a cargarlo de otra manera. En dejar de luchar contra cada recuerdo, en tratarme con un poco más de ternura y en entender que no todo lo que pesa tiene que quedarse para siempre.
Hasta que, poco a poco, la mochila pese menos.
Hasta que un día pueda mirar todo lo que llevo dentro sin sentir que tengo que huir de mí misma.




El rincón de mis emociones.

El rincón de mis emociones es un lugar inmenso donde puedes perderte.
Hay ríos donde el agua fluye con tanta fuerza que sientes que te arrastra consigo.
Está rodeado de acantilados y de cascadas inmensas. Y guarda un silencio ensordecedor que, a menudo, cuesta soportar.
Son los gritos, las conversaciones subidas de tono y las reprimendas los que hacen que tu mente estalle en una tormenta imparable. Entonces, los ríos se desbordan, los acantilados se vuelven peligrosos y hasta respirar se convierte en un acto de valor incalculable.
Nadie ha conseguido entrar en ese lugar. Porque temes que, como tú, no pueda salir ileso. Y quizá sea mejor así.
Ese lugar debe permanecer en secreto: como medida de protección o, tal vez, para protegerte a ti.

Pero hay días en los que ese lugar se vuelve demasiado grande incluso para mí.
Camino entre sus senderos sin saber hacia dónde voy. Intento esquivar los ríos, bordear los acantilados, esconderme de las tormentas. Pero no hay refugio que dure para siempre. Tarde o temprano, el agua termina encontrándome.
Y entonces me pregunto qué ocurriría si alguien descubriera el camino hasta allí.
Quizá encontraría una forma de atravesar los ríos sin dejarse arrastrar. Quizá se sentaría a mi lado, en silencio, hasta que la tormenta perdiera fuerza. O quizá saldría corriendo al descubrir todo aquello que durante tanto tiempo he intentado esconder.
No lo sé.
Lo único que sé es que, a veces, mantener ese lugar en secreto también duele.
Porque proteger a los demás de lo que llevas dentro puede parecer un acto de amor, pero también puede convertirse en una forma de condenarte a estar solo.
Y quizá algún día tenga que abrir la puerta.
No para que alguien entre y arregle todo lo que hay allí dentro.
Sino para que, por una vez, no tenga que recorrer ese lugar completamente a oscuras.




La última trinchera

Ya nada me mantiene cuerda.
Agarro la coraza con fuerza y la sostengo entre trincheras. Vuelvo a colocarla donde siempre debió estar y dejo que se fusione con mi piel. Se adhiera a mi caja torácica y quede incrustada donde jamás puedan extraerla.
Quiero creer que las montañas y los árboles siguen guardando secretos y estarán ahí cuando me pierda. Quiero volver a sentir ese murmullo que hace que todo sea insignificante y que arrope mi locura cuando ya no quiera seguir al compás de su melodía.
¿A dónde quedó todo lo que intenté sostener?
¿Dónde han ido a parar mis ganas de seguir manteniendo a todos a flote, si en lugar de conseguirlo, quedo sumergida?
Sometimes, laying down your arms is an option.





Funámbula ciega

Soy una funámbula ciega que camina sobre el hilo tenso de mi propia mente. Bajo mis pies no hay red, solo el vacío de un abismo que yo misma cavé con mis dudas. Mis certezas son de cristal fino y crujen ante cualquier rastro de viento. Me asomo al acantilado de mis pensamientos y la niebla me impide ver el fondo. Quiero avanzar, pero mis manos tantean paredes de hielo que prometen caídas libres. Sospecho que una grieta interna se ensancha sobre mi pecho. Desconfío del mundo y de la solidez de mis propios pasos. Así moldearon mis caminos. El vértigo no es el miedo a que otros me suelten, sino el terror de saber que mis propios brazos están tejidos con hilos de humo y no de plata y oro como creí (kintsugi) y no sabrán sostenerme como pensè que podrían.
Intento ahogar mis pensamientos en el azul del océano y que las olas se lleven cualquier rastro de incoherencia. 



Instrucciones para no rendirse

Podría escribir una versión diferente de este poema, pero la esencia debe permanecer. Igual que la tuya. Sí, esa esencia que te hace especial y que, aunque quieras negarlo, sabes perfectamente que es lo que te impulsa a seguir a pesar de todo.

Se habla de cicatrices como si de verdad pudiéramos reparar el daño de años con polvo de plata y oro (kintsugi), pero la realidad es que cuesta más de lo que queremos admitir.

Quizá no todo se recomponga con oro, pero hay grietas que dejan pasar la luz. Hay días grises que enseñan a apreciar el azul. Hay despedidas que, aunque duelan, abren espacio para encuentros inesperados.

De igual forma, para la mayoría somos uno más en el mundo. Sin embargo, quiero pensar que, como me sucede a mí con muchas personas, para alguien podemos ser su mundo.

Deberíamos comenzar a enumerar los diferentes motivos por los que no debemos rendirnos, pero esto está basado en una experiencia que quizá no hayas vivido. Así que creo que cada persona debe hacer su propia lista de puntos importantes.

Quizá para otras personas no sea tan importante un abrazo cálido, de esos que reconstruyen por dentro. Estar bajo el manto de las estrellas y sentir que todas brillan para ti.

No rendirse no siempre significa avanzar a pasos gigantes. A veces es quedarse quieto sin retroceder. Es levantarse, aunque sea más tarde. Es contestar un mensaje. Es pedir ayuda. Es reconocer que duele, pero aun así eliges continuar.

Tal vez tu lista empiece con cosas pequeñas: el café caliente en una mañana fría, la risa que llega sin avisar, una canción que parece escrita para ti. O quizá empiece con algo más profundo: la promesa que te hiciste cuando tocaste fondo, el sueño que aún te susurra en silencio.

Sea como sea, mientras haya algo, aunque sea mínimo, que te haga sentir un poco de luz, todavía hay razones.

Y a veces, una sola razón basta.




El margen

Hace tiempo que no escribo y debería decir que lo echo de menos. Pero no me apetece vomitar estrofas con renglones de heridas pasadas.
Hoy no hablaré de cicatrices ni de cómo alguien puede desmembrarse en cuerpo y alma en unas cuantas líneas que, para la mayoría de los lectores, no tengan sentido.
No hablaré de cómo alguien puede ser, estar y parecer sin naufragar en el intento.
Tampoco hablaré de ese equilibrio torpe entre lo que se siente y lo que se muestra.
Como si existir fuera un ejercicio de contención constante.
Hoy escribo solo para nombrar el margen.
Ese lugar donde no pasa nada, pero todo permanece. Sigue paralizado, al tanto. Esperanto un atisbo. 
Algo que no empuje ni salve. Pero que te sostenga. 
Y quizá eso también sea escribir.
En ese margen protector. 
Callado.
Discreto.
Mágico.
Ahí, donde quisiera mantener mi cordura o perderla si fuera necesario.
Porque vale la pena.
Porque ya es necesario y porque lo merezco.



Cartografía del silencio

En qué parte de mi hemisferio coloco el silencio, porque quizá ninguna de las dos partes esté ya conectada y nuestros recuerdos yacen perdidos en ese abismo que nos separa de lo que fuimos.
Si es que fuimos algo en algún momento.
Me desespera este estado de embriaguez constante, este ir y venir de sentimientos sin sentido.
A veces creo escuchar un eco, una vibración tenue que intenta recordarme quién era, pero se disuelve antes de alcanzar la forma. Y me pregunto si vale la pena seguir hurgando en esos restos, o si es mejor dejar que el silencio termine de cubrirlo todo. Porque quizá en ese vacío que tanto temo, aún quede un espacio para reconstruirme sin las sombras de lo que ya no entiendo.




Sostener el equilibrio sin dañarnos

Mantener el equilibrio suele ser difícil de conseguir. Queremos dejar atrás tantas etapas que vaciaron nuestra estancia, que olvidamos que el tiempo se mide en instantes irrepetibles y que, aunque queramos olvidar ciertos momentos vividos, son ellos los que han marcado nuestro carácter y han forjado la fortaleza que nos define.
Quizá no podamos evitar recordar esas cicatrices que nos han formado, pero podemos permitir que la luz pase a través de ellas.
Sostener durante demasiado tiempo algo que no existe solo nos dañará.
Aferrarnos a algo que está muerto, sin dejarlo ir, solo nos engañará.
¿A quién pretendes engañar?
Porque, en el fondo, sabes perfectamente qué es real y qué merece la pena mantener en equilibrio, sin que nos dañe más de lo que ya lo hizo.





Fuego y escarcha

Me acostumbré al frío del invierno.
A abrazarme en las noches oscuras y heladas.
A no dejar entrar a nadie en lo que habita mi mente.
A construir una coraza para resguardarme del mundo.
Viajé por mil recuerdos donde mis anhelos no me encontraban.
No sé si fui yo quien cerró el paso a un abrazo, o si nadie supo cómo ofrecérmelo.
Hay días en que tiemblo buscando un rayo tibio.
He aprendido a convivir con el silencio, aunque a veces grite en mi pecho.
He visto florecer inviernos dentro de mí, porque incluso el frío enseña que hay belleza en seguir respirando bajo la escarcha.
Quizás algún día deje una rendija abierta, para que entre la brisa de otro amanecer, y me recuerde que incluso lo congelado
puede volver a sentir.
Y soy de enero, aunque no de frío.
Tengo fuego en las entrañas, aunque a veces me vista de escarcha.
Qué mejor abrigo para mis inviernos que ver arder en mi hoguera los demonios de mi infierno.



Cómo quisiera contarte

Cómo quisiera contarte que en mi cielo ya no veo solo nubes negras. Y si las hay, las transformo en animales gigantes. Las moldeo a mi antojo y espero que carguen sobre mí, sin miedo, bailando bajo ellas.
Cómo quisiera que sintieras la lluvia caer sobre tus mejillas, chapotear en los charcos y ensuciarte de fango.
Cómo quisiera que sintieras el abrazo de un bosque, el murmullo de los árboles y la hierba mojada en tus pequeños pies descalzos.
No, no tengas miedo, ya no debes temer nada. Aquí no existe el hombre del saco. Puedes quedarte jugando el rato que quieras.
Cómo quisiera decirte que ahora sé que podría cuidar de ti como nadie supo hacerlo. Que nos quedaríamos tumbadas bajo las estrellas y contaríamos historias para no dormir.
Cómo quisiera tener el valor de escribir nuestra historia, plasmarla en papel y hacer un avión, que vuele cual cometa todo ese dolor.
Cómo quisiera que vieras que ya no soy la misma y solo desearía que estuvieras orgullosa de mí. Porque todo lo que estoy consiguiendo es por nosotras.







Un día me iré.

Un día me iré.
Tomaré el camino más largo.
Apartaré las migas de pan que nunca me llevaron a ninguna parte.
Dejaré de buscarle sentido a todo y lamentaré no haberme ido antes.
Caminaré por lugares nuevos y dejaré la desidia enterrada en algún rincón.
Me iré para encontrar cien motivos para quedarme.
Y en el trayecto, trataré de desenredar todos los nudos que quedaron aprisionando mi pecho.
Descansaré entre las hojarascas.
Y cuando el silencio me alcance, no dolerá.
Será un silencio distinto, lleno de espacio para comenzar.
Miraré mis manos vacías y entenderé que están listas para sostenerme.
Y tal vez, al final del camino, me encuentre conmigo, me cuide y me perdone.
Entonces sabré que irse no era huir.
O tal vez solo huyo de lo que fui y necesito saber quién soy sin heridas ni cicatrices.
Entender que soy capaz de escalar montañas y de volar cuando sé que mi lugar ya no es el que habito.
Un día me iré, pero me iré bien.
No pretendo dejar el desastre tras mis pies.
Como si de un ser evanescente se tratase.
Sin hacer ruido. Invisible, como siempre fui para el mundo.
Solo dejando una pequeña huella.
Dentro de ti tal vez.
Solo espero que cuando sientas esa huella, te haga sonreír.



La mochila

Llevo tiempo cargando una mochila que casi nadie ve. Dentro llevo culpa por las cosas que hice, por las que no hice y por otras que, tal vez...