La sinfonía perfecta

Éramos la sinfonía perfecta.
Aunque nunca hubo un crescendo en nuestras notas.
No construimos momentos de tensión que culminaran en un contraste de cuerpos y emociones. Más bien, fue un contraste frío de emociones reprimidas. Vivíamos en una perfecta armonía tranquila, donde cada gesto era predecible. Nuestras voces se entrelazaban, sin necesidad de acelerar el pulso. Quizá nos faltaba la pasión encendida y, en su lugar, nos resguardaba una calma profunda, como si ya conociéramos el final de la melodía. Sin embargo, algo faltaba: un acorde suspendido que nunca terminaba.
Y sabes, aunque la melodía siga sonando, siempre hay una parte de la canción que se queda en el aire, esperando el cierre definitivo. Nos quedamos atrapados en un compás interminable, sin atrevernos a dar el paso hacia el próximo acorde. Quizás el problema no era la falta de pasión, sino el miedo a lo incierto, a lo desconocido, al giro inesperado. Y mientras la escuchábamos, sabíamos que algo nos faltaba, pero no estábamos dispuestos a buscarlo. Quizás porque, en el fondo, ya sabíamos que el verdadero final solo llega cuando las notas se desvanecen en el silencio.
Dejábamos la habitación desordenada de deseos apagados y sonrisas fingidas que, al despertar, no encontraban su lugar en el armario ni en nuestro interior.




Un poema para cada herida

Todavía me quedan heridas en la piel a las que no les he dedicado ningún poema. Todas tienen algo en común: no las he nombrado, no las he mi...