Pensé que nada podía salvarme.
Que había entrenado bien a todos mis miedos para que fueran invencibles.
Quise estrujar entre mis manos todos y cada uno de mis sueños, para no dejar la puerta abierta y que pudiera colarse la brisa de la esperanza.
¿Y qué más da si alguna vez los tuve? Si volvieron a escaparse como arena entre mis dedos.
Dejé de contar estrellas para contar lunares.
La constelación que dibujaste en mi espalda dejó espacio a un escalofrío.
Y no, no fue solo el miedo, tan bien entrenado, el que prendió la mecha.
Fueron tus ganas de volver a creer que no existe el miedo, si todavía sentimos bombear algo en nuestro interior.
Y comenzaron a romperse las murallas que había levantado tan cuidadosamente.
Y sin querer, comencé a ver luces en los rincones oscuros.
Y en tu fragilidad, tierna esperanza.
Comenzaron a brillar las estrellas y los lunares, allí donde nadie consiguió prenderlas antes.
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