No, la poesía no cura las heridas.
Ni siquiera ayuda a cerrar cicatrices.
Tampoco sirve para camuflar los viejos fantasmas del pasado.
No le eches la culpa a la pluma de tu necesidad de vomitar metáforas que nadie comprende.
Ni siquiera es culpable de la resaca emocional que creas en tu mente y después intentas superar desmembrando versos áridos que no te atreves a sacar a la luz.
Maldita mente la tuya, que solo es capaz de desahogar tus gritos con la poesía, escribiendo siempre en tercera persona, ajena a los hechos.
No le eches la culpa a la poesía de haberte levantado tantas veces de ese lodazal en el que estabas sumergida.
Ella no te escucha.
Solo está ahí para plasmar cada uno de esos sentimientos reprimidos que te niegas a gritar.
Pero, joder, ¿por qué te sientes tan bien cuando estás con ella?
¿Por qué sientes que te ayuda a desenredar esos nudos que son un vórtice tóxico que no te deja respirar?
Y, aunque te niegues a aceptarlo, la poesía es la única que quedará cuando ese grito te sacuda.