Llevo tiempo cargando una mochila que casi nadie ve.
Dentro llevo culpa por las cosas que hice, por las que no hice y por otras que, tal vez, nunca estuvieron en mis manos. Llevo miedo: miedo a equivocarme, a decepcionar, a que vuelvan a hacerme daño, a no estar a la altura.
Llevo vergüenza por momentos de mi pasado que todavía aparecen en mi cabeza como si siguieran ocurriendo hoy.
También llevo tristeza. Una tristeza que muchas veces he escondido detrás de una sonrisa, de un «estoy bien», de hacer como si nada pasara y seguir adelante sin detenerme demasiado a mirar lo que llevo dentro.
Llevo rabia por lo que permití, por lo que me hicieron y por todas esas veces en las que no supe defenderme, decir que no o poner los límites que necesitaba.
Llevo inseguridades que me hacen cuestionarme constantemente si soy suficiente, si merezco que me quieran, si estoy haciendo las cosas bien.
Y llevo cansancio. Cansancio de cargar con todo esto durante tanto tiempo y de sentir que tengo que poder con ello yo sola.
A veces quisiera abrir esa mochila y dejarlo todo en el suelo. Sacar cada emoción, cada recuerdo, cada herida y mirarlos de frente. Decirme que no tengo que seguir castigándome eternamente por haber sido una persona que simplemente estaba intentando sobrevivir, aprender y seguir adelante con las herramientas que tenía en aquel momento.
No puedo deshacerme de todo de golpe. Pero puedo empezar a sacar cosas de esa mochila.
Puedo reconocer mi culpa sin dejar que me defina. Puedo sentir miedo sin permitir que decida por mí. Puedo mirar mi vergüenza con más compasión. Puedo aceptar que hubo cosas que hice mal y, al mismo tiempo, entender que equivocarme no me convierte en una mala persona.
Puedo perdonarme por no haber sabido hacerlo mejor cuando todavía no sabía cómo.
Esta mochila forma parte de mi historia, pero no tiene por qué convertirse en mi identidad.
Y tal vez sanar no consista en olvidar todo lo que llevo dentro, sino en aprender a cargarlo de otra manera. En dejar de luchar contra cada recuerdo, en tratarme con un poco más de ternura. Hasta que un día pueda mirar todo lo que llevo dentro sin sentir que tengo que huir de mí misma.

