El rincón de mis emociones es un lugar inmenso donde puedes perderte.
Hay ríos donde el agua fluye con tanta fuerza que sientes que te arrastra consigo.
Está rodeado de acantilados y de cascadas inmensas. Y guarda un silencio ensordecedor que, a menudo, cuesta soportar.
Son los gritos, las conversaciones subidas de tono y las reprimendas los que hacen que tu mente estalle en una tormenta imparable. Entonces, los ríos se desbordan, los acantilados se vuelven peligrosos y hasta respirar se convierte en un acto de valor incalculable.
Nadie ha conseguido entrar en ese lugar. Porque temes que, como tú, no pueda salir ileso. Y quizá sea mejor así.
Ese lugar debe permanecer en secreto: como medida de protección o, tal vez, para protegerte a ti.
Pero hay días en los que ese lugar se vuelve demasiado grande incluso para mí.
Camino entre sus senderos sin saber hacia dónde voy. Intento esquivar los ríos, bordear los acantilados, esconderme de las tormentas. Pero no hay refugio que dure para siempre. Tarde o temprano, el agua termina encontrándome.
Y entonces me pregunto qué ocurriría si alguien descubriera el camino hasta allí.
Quizá encontraría una forma de atravesar los ríos sin dejarse arrastrar. Quizá se sentaría a mi lado, en silencio, hasta que la tormenta perdiera fuerza. O quizá saldría corriendo al descubrir todo aquello que durante tanto tiempo he intentado esconder.
No lo sé.
Lo único que sé es que, a veces, mantener ese lugar en secreto también duele.
Porque proteger a los demás de lo que llevas dentro puede parecer un acto de amor, pero también puede convertirse en una forma de condenarte a estar solo.
Y quizá algún día tenga que abrir la puerta.
No para que alguien entre y arregle todo lo que hay allí dentro.
Sino para que, por una vez, no tenga que recorrer ese lugar completamente a oscuras.

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