El valor del silencio

Déjame alejarme de todo;
solo necesito encontrarme
y saber que no han sido en vano
todos mis esfuerzos.

Que incluso el árbol más fuerte
se quiebra con el viento, pero aún roto,
sus raíces siguen abrazando la tierra.

Déjame caer, si es necesario,
para entender el valor de levantarme de nuevo. 
No busco huir,
solo silencio…
un refugio lejos del ruido del mundo,
donde pueda escucharme de nuevo.

Volveré.
No ilesa,
pero más sabia.
No igual,
pero más yo.



Rendición invisible

¿A qué distancia se encuentra la esperanza de la frustración?
Porque siento que ya he recorrido demasiados kilómetros sin encontrar un motivo que me convenza de que vale la pena seguir caminando, mientras veo cómo sangran mis pies.
He escalado montañas donde el vacío era mi único compañero, y ya no sé si los árboles danzan o si, en su movimiento, me suplican auxilio.
Observo cómo caen las hojas secas e intento descubrir en mí nuevos brotes.
No soy del frío, soy de primavera, pero ya me cansa esperar a que las flores más fuertes rompan el asfalto.
Nunca me rindo—repito esa frase una y otra vez para convencerme de que es verdad—pero mi mente insiste en formular la misma pregunta:
¿Cuántos intentos son razonables antes de rendirse?






Silencio quebrado

Veo cómo se quiebran las palabras rendidas ante la ausencia. 
Y me pregunto qué pesa más: la ausencia o el vacío que deja. 
Muda la palabra, agotada y aturdida, deja espacio a un grito que reverbera en el silencio de oídos sordos.
Ya no nace la palabra; solo tiembla en el hueco de algo que ya no se distingue de una despedida.



Saldar la deuda

Sostuve los recuerdos entre mis manos.
Los estrujé como si fueran hojas secas.
Quise que se los llevara el viento.
Mientras contemplo la danza de los árboles, intento capturar en mi memoria 
algunos de los buenos momentos.
Me debo tanto... que no tendré suficiente vida para devolverme todo.
Para poder sanarme.
Así que ya es hora de comenzar a saldar mi deuda.
Y creo que debo comenzar por perdonarme.












Cuando me encuentres

Acércate despacio, muy despacio.
Tal vez no lo notes, pero todavía tiemblo.
Es curioso lo que el alma puede gritar en silencio.
Toca suavemente, ahí donde un día dolió… y todavía duele.
Acaricia lo invisible: mis miedos, mis recuerdos, lo que solemos esconder detrás de una sonrisa.
Tal vez no lo sientas, pero estás liberando a mis demonios.
Sé esa persona que no busca explicaciones, que sabe leer las lágrimas antes de que caigan.
Y si un día, sin querer, me ves llorar frente a ti…
Sabrás entonces que te has colado en mi alma, en el rincón más frágil y vulnerable.
Y créeme… desde ahí, ya no habrá regreso.




Romper el asfalto sin romperse de nuevo

¿Y si dejáramos escapar las letras como globos sin rumbo?
Que nadie detenga nuestro vuelo cansado.
Que las palabras acudan a nuestros labios sin dificultad alguna, aunque tiemblen,
aunque duelan al pronunciarse, y podamos plasmarlas en un papel que nunca juzga.
Que despertemos, de una vez, de ese sueño sordo en el que estamos sumidos.
Que dejemos de reprimir todo lo que sentimos y no decimos.
Desnudarnos el alma y arrojar la coraza, sin miedo a que nos lastimen de nuevo.
Y que, desde nuestras grietas,
nazcan esas flores que aprendieron a florecer sobre el frío asfalto del abandono.
Romper el asfalto sin romperse de nuevo.



Un poema para cada herida

Todavía me quedan heridas en la piel a las que no les he dedicado ningún poema.

Todas tienen algo en común: no las he nombrado, no las he mirado con la atención que merecen.

Siempre pienso que bajo mi armadura puedo guardar todo lo que solo yo puedo entender. 

O quizá tema que mi pluma no cese de escribir sobre ellas. 

Tal vez, una vez comience, no las podré detener.






Universo vs Destino

De verdad que quiero creer que es el universo, el destino o qué sé yo quien me pone a prueba constantemente. 
Me presenta a personas y se lleva a otras.
Quiero creer que siempre hay alguna razón escondida, que todas y cada una de esas personas se han acercado para enseñarme algo, y mi subconsciente no deja de repetir que volverán a irse y dejarán ese mismo vacío que siempre tuve.
Esquivo cada una de las pruebas que se me presentan y siempre intento salir ilesa y en silencio.
Creo que fue el universo o quizá el destino el que me dio otra oportunidad cuando mi vida y mis emociones circulaban sin frenos.
Tal vez sea que he tomado decisiones equivocadas, que el libre albedrío no deja de darme punzadas en el estómago.
Nunca sabré qué situación fue causada por el destino o por mis malditas ganas de seguir luchando.
Porque no, ni el universo ni el puto destino lograrán tumbarme.
Porque saben que no me rindo.




Tierna esperanza

Pensé que nada podía salvarme.
Que había entrenado bien a todos mis miedos para que fueran invencibles.
Quise estrujar entre mis manos todos y cada uno de mis sueños, para no dejar la puerta abierta y que pudiera colarse la brisa de la esperanza.
¿Y qué más da si alguna vez los tuve? Si volvieron a escaparse como arena entre mis dedos.
Dejé de contar estrellas para contar lunares.
La constelación que dibujaste en mi espalda dejó espacio a un escalofrío.
Y no, no fue solo el miedo, tan bien entrenado, el que prendió la mecha.
Fueron tus ganas de volver a creer que no existe el miedo, si todavía sentimos bombear algo en nuestro interior.
Y comenzaron a romperse las murallas que había levantado tan cuidadosamente.
Y sin querer, comencé a ver luces en los rincones oscuros.
Y en tu fragilidad, tierna esperanza.
Comenzaron a brillar las estrellas y los lunares, allí donde nadie consiguió prenderlas antes.




Verdaderas mentiras

Déjame mentir hoy y haz como si de verdad me creyeras.
Créeme cuando te digo que ya he olvidado todo.
Que mi mente está liberada de culpa y miedo.
Que hoy agarro con fuerza el presente y lo disfruto sin mirar al pasado.
Mis ojos ya no son diques y soy yo quien sostiene el vacío.
Déjame explicarte que dejé de tirar todos mis sueños y de aplastar la frustración como un papel arrugado.
Déjame contarte que ya no temo al eco de mis inseguridades, que he aprendido a bailar con mis sombras sin dejar que me arrastren.
Hoy, mi corazón late sin los fantasmas del ayer. Los días ya no son grises, sino lienzos llenos de colores que pinto con cada paso que doy. Y aunque a veces el viento sople fuerte, hoy sé que soy capaz de sostener mi rumbo.
Déjame decirte que la paz que ahora encuentro no es un destino, sino un viaje.
Y aunque siga sin encontrar mi destino, hoy sé que no perderé el camino.




Cuídate de mí

Que me tengan cuidado las palabras, que puedo trenzar mis miedos con ellas.
Y, por favor, que no aprovechen la oportunidad para rendirme cuentas, que ya no consigo que cuadre nada.
Que me tengan cuidado los abrazos, que pueden hacer nido en mis pulmones jadeantes, al inhalar y exhalar tantos suspiros.
Que no estoy acostumbrada a este trasiego de emociones que siento dentro.
Y creo que algo en mí estallará en pedazos.
Ya me cansé de reconstruirme una y otra vez, y que por mis grietas se filtren las lágrimas que guardo.
Que me tengan cuidado los versos, que de palabras incoherentes yo entiendo.
Y también de metáforas absurdas que esconden el vacío más profundo.
Que no, que no soy de hierro.
Que soy frágil como el cristal.
Que me tengan cuidado las promesas, que solo sé romperlas a mí misma.
Que me tengan cuidado las noches, que guardan en su silencio los susurros de mis dudas.
Que me tengan cuidado las estrellas, que no todas iluminan el camino correcto.
Que me tenga cuidado el camino, que aunque sangren mis pies, sabe que no me rindo.




Instrucciones para no rendirse

Podría escribir una versión diferente de este poema, pero la esencia debe permanecer. Igual que la tuya. Sí, esa esencia que te hace especia...