La sinfonía perfecta

Éramos la sinfonía perfecta.
Aunque nunca hubo un crescendo en nuestras notas.
No construimos momentos de tensión que culminaran en un contraste de cuerpos y emociones. Más bien, fue un contraste frío de emociones reprimidas. Vivíamos en una perfecta armonía tranquila, donde cada gesto era predecible. Nuestras voces se entrelazaban, sin necesidad de acelerar el pulso. Quizá nos faltaba la pasión encendida y, en su lugar, nos resguardaba una calma profunda, como si ya conociéramos el final de la melodía. Sin embargo, algo faltaba: un acorde suspendido que nunca terminaba.
Y sabes, aunque la melodía siga sonando, siempre hay una parte de la canción que se queda en el aire, esperando el cierre definitivo. Nos quedamos atrapados en un compás interminable, sin atrevernos a dar el paso hacia el próximo acorde. Quizás el problema no era la falta de pasión, sino el miedo a lo incierto, a lo desconocido, al giro inesperado. Y mientras la escuchábamos, sabíamos que algo nos faltaba, pero no estábamos dispuestos a buscarlo. Quizás porque, en el fondo, ya sabíamos que el verdadero final solo llega cuando las notas se desvanecen en el silencio.
Dejábamos la habitación desordenada de deseos apagados y sonrisas fingidas que, al despertar, no encontraban su lugar en el armario ni en nuestro interior.




Versos silenciados

No, la poesía no cura las heridas.
Ni siquiera ayuda a cerrar cicatrices.
Tampoco sirve para camuflar los viejos fantasmas del pasado.
No le eches la culpa a la pluma de tu necesidad de vomitar metáforas que nadie comprende.
Ni siquiera es culpable de la resaca emocional que creas en tu mente y después intentas superar desmembrando versos áridos que no te atreves a sacar a la luz.
Maldita mente la tuya, que solo es capaz de desahogar tus gritos con la poesía, escribiendo siempre en tercera persona, ajena a los hechos.
No le eches la culpa a la poesía de haberte levantado tantas veces de ese lodazal en el que estabas sumergida.
Ella no te escucha.
Solo está ahí para plasmar cada uno de esos sentimientos reprimidos que te niegas a gritar.
Pero, joder, ¿por qué te sientes tan bien cuando estás con ella?
¿Por qué sientes que te ayuda a desenredar esos nudos que son un vórtice tóxico que no te deja respirar?
Y, aunque te niegues a aceptarlo, la poesía es la única que quedará cuando ese grito te sacuda.




Escalar el abismo

¿Cómo se desenreda un nudo en la garganta?
Tengo la sensación de que he estado toda la vida intentando salvar a todo el mundo y me olvidé, por un momento, de salvarme a mí misma.
Dejé que todo lo que quedaba de mí cayera en un abismo del que solo yo podía salir.
Cansada de sostener la soga para no dañar a otros, sin importar qué daño pudiera causarme.
Me di cuenta de que todas y cada una de esas heridas ya no supuran y quieren curarse, sin importar el tiempo que tarde.
Dejé que la luz se colara por esas grietas y me sorprendió ver cuánto puedo iluminar.
Dejé de contar mis pasos y mis paradas.
Aprendí a subirme al tren sin importar el destino ni el mañana.
Ya perdí demasiado tiempo.
Y aunque a menudo creo haber llegado tarde a todo,
aprendí que nunca es tarde para vivir el momento.
Si todavía me pueden las ganas.
Y después de lanzar la soga al abismo y desenredar parte de esos nudos,
puedo sostenerme sin que la vida sea un constante vértigo.




Pequeños trofeos que no caben en versos

Quise mirar en mi interior y pensar en todo lo que he aprendido en el proceso.
Pero sé que no cabe en un poema.
Las lecciones, aunque profundas, no pueden encerrarse en versos.
Sé que todo lo que he aprendido lo guardo en silencio, dentro de mí, como pequeños trofeos ganados con tanto esfuerzo, que solo tú sabes cuánto significan.
Y aunque intente darles forma, sabes que es algo que solo el alma entiende, y que el papel nunca podrá abrazar.






Qué nos queda después de la poesía

La poesía es el anestésico perfecto para mitigar el dolor de cualquier verdad, que a menudo estrangulamos con alegorías, aunque estas sean imperfectas, pero necesarias para soportar la cruda realidad de este mundo, que nos deja la estancia vacía y el pecho lleno de rabia. 
Después, transformamos esa rabia en poesía, en dibujos, en música. 
El arte es el mecanismo de defensa más potente del que disponemos para curarnos, deshacer los nudos y liberarnos.
Y qué nos queda después de la poesía.
Nos quedan los amaneceres de fuego.
Las caricias que cierran heridas y abren nuevos caminos.
Las tardes de café y risas.
Las risas que acaban en ese llanto contenido.
Correr descalza por la hierba mojada y sentir que estamos vivos.
A pesar de las tormentas.
Y de las heridas.
Seguimos respirando.
Y eso no debe ser tan malo.
Si por una vez en tu vida.
No ahogas un grito. 



Duerme pequeña

Me hice mayor el día en que no encontré sentido a desvestir esa muñeca andrajosa y curar sus heridas invisibles.
Pensé, quizá, que, de esa forma, encontraría respuesta y alivio en las mías.

Máquinas tragaperras

A veces se nos olvida que somos humanos. Acumulamos heridas, decepciones y frustraciones como las máquinas tragaperras. 
Esperamos que un algoritmo controle la cantidad de daño que podemos almacenar y, en función de los puntos de sutura que necesitemos en cada herida, ganamos o perdemos. Lo que suelen utilizar como aprendizaje. 
¿Y quién nos enseña a coser nuestras heridas? A remendar todos los pedazos que quedaron desgarrados. A soltar esa pesada carga que nos encorva y nos deja cada día más pequeños. 
Se nos olvida que no somos máquinas, que no podemos tenerlo todo bajo control, y mucho menos los sentimientos. 
La vulnerabilidad no debería ser un arma que utilicen contra ti, sino una forma de mostrar al mundo que eres fuerte, a pesar de todo.



El poder de las letras

De niña, siempre pensaba que el mejor poder que podría tener, era hacer realidad todo lo que escribía.
Plasmaba historias increíbles con diversos finales donde la benevolencia era uno de los requisitos indispensables para que todo encajara a la perfección.
Imaginaba que mis ojos no eran diques y mis mares no ahogaban esperanzas. 

Comenzar a liberarse

Otras voces habitan mi mente. 
Me prestan sus alas.
Me ceden sus brazos, que me sirven de refugio.
Acarician mi vulnerabilidad.
No se esconden.
No me apagan.
No me azotan hasta sangrar los nudillos.

Mirar a los ojos del mundo y reprimir el llanto contenido

Quisiera tener una perspectiva diferente cuando miro a los ojos del mundo. 
Aprender a contar los minutos, las horas y los días henchida de anhelo.
Engullir mis silencios y que el oxígeno no quede atascado en mi tráquea.

Dejadme que hoy así sea

Hoy no me siento satisfecha. 
Una parte de mí cree que ha fallado.
Quizá he fallado como poeta, como persona. Tal vez como mujer o como madre o como amiga. O puede que sea hoy mi parte guerrera la que ha fallado.
Y no, no es que piense que he dado más o menos de lo que se esperaba de mí. Puede que esa parte de mí crea que no he dado lo suficiente. Que sé que soy muy exigente conmigo y nunca seré suficiente, ni para mí ni para nadie.

Instrucciones para no rendirse

Podría escribir una versión diferente de este poema, pero la esencia debe permanecer. Igual que la tuya. Sí, esa esencia que te hace especia...