Una fina capa cada día

Moví los músculos de mi garganta y mi lengua buscando saliva para poder ingerir mejor mis emociones, pero no la había. Elegí seguir, aunque sabía que estaba cruzando el límite. 
Y quise poner límite a mis pensamientos y a esa absurda idea de que solo pertenezco al abismo.
Recordé todas las veces que me fallé e intentaba rezarle a un ser que no existe, pidiendo auxilio.
Un cuento sin argumento.
Un párrafo desordenado y sin sentido.
Que solo pretendía alcanzar un pequeño destello.
Para creer que todavía es posible.
Nunca tuve sueño ni sueños.

Dejar de buscar

Sigo sin comprender en qué momento pasó. 
Engulleron mis silencios rotos como platos. 
En mil pedazos quedaron todas esas alegorías mal escritas. 
Ese rompecabezas que intenté comenzar y nunca pude terminar. 
Ya no tenía ningún sentido en cada una de sus formas. 
Ni sus conceptos.

Las matemáticas de la vida

Me enseñaron matemáticas y aunque nunca fui de números, me quedé con lo básico.
Aprendí a restarle días a mi vida.
A sumar los pasos que me sacaran del callejón sin salida.
Y a multiplicar los metros hacia el abismo.

Cartas hacia ningún destino

Sigo guardando esas cartas que nunca te envié. Todavía huelen a mí y en algunas de ellas dejo plasmado mis labios en lugar de escribir mi nombre. 
También quemo los bordes e imagino que se trata de un pergamino.
En ellas, guardo decenas de secretos que confieso, a sabiendas de que se quemarán con los bordes del papel. 

Rellenando huecos desesperados

Me he dado cuenta de que ya no tienes ningún valor en mis desvelos.
Que mis sueños merecen mucho más la alegría y no la pena.
Porque sí, porque lo estoy intentando y creo que puedo conseguirlo.
Sigo escuchando esa canción que habla de mí y me desgarraba por dentro y ahora siento que ya no duele tanto.
Y aunque a veces se me escape alguna lágrima, intento no dejar que empañen mis progresos.
Me encanta caminar sin rumbo hacia lugares donde nunca he estado antes.
Ya no me aterra tanto lo desconocido y aunque fuera así, me permito caer, porque ya sé cómo levantarme.

Ponerle nombre

Un día, abres la ventana, contemplas el amanecer, respiras profundamente y te das cuenta de que nunca te pusiste en primer lugar y no consigues llenar ese vacío. 
Miras alrededor y crees que los lugares a los que un día perteneciste de alguna forma, ya no recuerdan tu ausencia. Tan solo tú sabes dónde quedó ese rastro. 
Sientes que necesitas abrazarte hasta dejar de sentir que eres tú, tu problema.
Aprietas con fuerza tus brazos, constriñendo cada parte de tu cuerpo para sanar de una vez a esa niña y que su ira deje de golpearte.

Transformación

Intento mirar al pasado de frente sin derramar una lágrima. 
Ellas se funden con mis horas muertas y mientras corretean por mis mejillas a sus anchas, dibujan un camino hacia mi tráquea, hasta llegar al esternón. 
Todas ellas, se fusionan alimentando cada hueco de mi caja torácica. 
Se han hecho nido cual crisálida para transformar lo que un día dolió.

Todo depende

Todo depende de cómo me he sentido hoy.
Si he sido valiente y he gritado mi nombre.
Si me he atrevido a bailar y a saltar sin motivo alguno.
O puede que haya querido correr bajo la lluvia, sin descanso, hasta no poder más. Hasta que mis miedos calen mis huesos y mis desastres queden empapados en agua limpia y pura.
Que después, pueda deshacerme de todo con una ducha caliente (o fría) y resbale todo lo que no debería importarme para mantenerme viva. 

Un futuro imperfecto

Sostengo tu mirada en nuestro pretérito tan imperfecto.
Como si no hiciera mella en nuestros rostros y en nuestra sonrisa. 
Espero, tal vez, que dediques una sonrisa, de esas que germinaban y se acunaban en mi pecho.
Aguzo en oído, con la esperanza de encontrar en tus palabras esa melodía que siempre quise tararear junto a tu boca.
Aprieto mis manos contra mis pulmones e intento inhalar y exhalar el poco aliento que nos queda en esta fría estancia.

Sacudirse y seguir

Estoy aprendiendo a mirar a la gente a los ojos y a la vida de forma distinta.
Sin que se quiebren mis pupilas por el llanto contenido.
Intento cada día quererme un poquito más de lo que un día me quise o me odié.
Llevo en mi regazo todos mis sueños acumulados y los acuno. 
Algún día, tomarán forma, se erguirán y levantarán su vuelo, o eso espero. Para eso estoy tejiendo mis alas.
No soy artista, no soy pintora ni soy poeta.

Dónde coloco las palabras

No sé bien en qué lugar colocar las palabras.
Quizá las deje asomar poco a poco, mientras se deslizan por mi tráquea, se abran paso, deshaciendo todos esos nudos que encontrarán por el camino. 
Tal vez, si las dejo huir, se escapen disparadas como proyectiles a gran velocidad y ellas solas encuentren el sentido. 
Tampoco sé en qué lugar lanzar mi silencio. 
Ese que se agarró fuerte en mis cuerdas vocales. 
Me ahoga un grito y solo deja escapar un gemido que, a menudo, se atraganta y baja hasta mi caja torácica. 

Instrucciones para no rendirse

Podría escribir una versión diferente de este poema, pero la esencia debe permanecer. Igual que la tuya. Sí, esa esencia que te hace especia...